En la última visita al psicólogo, el tipo dijo que estaba preocupado por ciertos cambios que se han ido dando en mi sesera. Según parece, tantos años bajo un arsenal pastillero han conseguido meterme en un saco de corcho. Ésa es la metáfora que él usó, a mí no se me ocurren esos juegos literarios tan complejos.
Para no perdernos entre el palabrerío, iré directamente al grano: el diagnóstico es distemia o, lo que es lo mismo, las cosas te sudan la polla por completo. Estás más allá de la depresión, de la ansiedad o de cualquier brote. Es un estado de Nirvana pero inducido con la colaboración de los laboratorios farmacéuticos. La contrapartida es que no eres feliz ni desdichado; no eres catalogable. Yo opino que no está nada mal, pero los médicos no piensan igual. Todo por joder al prójimo.
Evitas reuniones familiares y amistosas, te concentras en el trabajo, no sales de casa... Todo eso podría parecer un cuadro patológico típico, pero yo creo que no lo es. El motivo para esa ausencia de uno mismo en su propia vida es que nada te interesa. Por supuesto, el sexo queda relegado al último puesto de tus prioridades y un episodio de Fringe en el sofá es más excitante que pasar la tarde con una chica desnuda en tu habitación.
Confieso que me siento muy a gusto con mis pastillitas. Nada sube, nada baja, es lo mismo que caminar con un andador de ésos que usan los viejos para no caerse. Pero el psicólogo, amparado por toda su sabiduría, asegura que no se puede ir así por la vida. Por mucho que me manifesté en contra, ha decidido bajar las dosis de todos los medicamentos, alguna de ellas de una forma drástica. Son sustancias que llevo tomando años, así que están muy integradas en mi química. Lo que ha ocurrido, pues, ya estaba escrito en las estrellas.
Cuarenta y ocho horas después de la reducción de dosis ha llegado el mono. Me he levantado esta mañana a las nueve y he tenido que atarme al lavabo para no incrustarme en el techo al empezar a cagar a toda presión. Junto con la mastodóntica diarrea han venido los espasmos, las taquicardias y lo que más odio: un sudor helado que te baja a goterones por las axilas. Los pies también se quedan gélidos y la cara palidece. Las ideas funestas se disparan y lo que más te apetece es que venga alguien con un hacha y te corte la puta cabeza para que termine todo.
He llamado al psicólogo y me he cagado en su puta madre por el monazo que me ha recetado. Por supuesto, le he llamado sentado en el lavabo todavía. Eran las once y aún no se había cortado el surtidor de mierda. Lo más brillante que se le ha ocurrido es decirme que me tomara unos ansiolíticos para compensar eso y amortiguarlo. Ese tío es un genio.
Después de tres pastillas de lorazepam y unas excusas baratas al teléfono para decir que no iba a trabajar, me he metido en la cama con mi mono, al que he bautizado con el nombre de Sparky. Me he quedado dormido hasta las cuatro. Luego, temblando como los yonquis que buscan Tranxilium, me he preparado un arroz hervido. Es lo más complicado que he podido hacer hoy.
Sigo tirado en el sofá, me he tomado otras dos pirulas de lorazepam. Siento las piernas flojas. El loquero ha dicho que duraría unos tres días y que siguiera metiéndole a los ansiolíticos cuando Sparky se pusiera muy pesado. Afortunadamente, la diarrea me ha dado una tregua y es viernes. Tengo dos días para parecer una persona normal. Lo jodido es el frío que está haciendo; la cama siempre está helada.
Cabrón, me está quitando mis pastillas, nada será lo mismo. Ahora vuelvo a tener miedo y es algo que detesto con todo mi ser.










































