viernes 10 de febrero de 2012

DISTEMIA Y EL MONO SPARKY


En la última visita al psicólogo, el tipo dijo que estaba preocupado por ciertos cambios que se han ido dando en mi sesera. Según parece, tantos años bajo un arsenal pastillero han conseguido meterme en un saco de corcho. Ésa es la metáfora que él usó, a mí no se me ocurren esos juegos literarios tan complejos. 

Para no perdernos entre el palabrerío, iré directamente al grano: el diagnóstico es distemia o, lo que es lo mismo, las cosas te sudan la polla por completo. Estás más allá de la depresión, de la ansiedad o de cualquier brote. Es un estado de Nirvana pero inducido con la colaboración de los laboratorios farmacéuticos. La contrapartida es que no eres feliz ni desdichado; no eres catalogable. Yo opino que no está nada mal, pero los médicos no piensan igual. Todo por joder al prójimo.

Evitas reuniones familiares y amistosas, te concentras en el trabajo, no sales de casa... Todo eso podría parecer un cuadro patológico típico, pero yo creo que no lo es. El motivo para esa ausencia de uno mismo en su propia vida es que nada te interesa. Por supuesto, el sexo queda relegado al último puesto de tus prioridades y un episodio de Fringe en el sofá es más excitante que pasar la tarde con una chica desnuda en tu habitación.

Confieso que me siento muy a gusto con mis pastillitas. Nada sube, nada baja, es lo mismo que caminar con un andador de ésos que usan los viejos para no caerse. Pero el psicólogo, amparado por toda su sabiduría, asegura que no se puede ir así por la vida. Por mucho que me manifesté en contra, ha decidido bajar las dosis de todos los medicamentos, alguna de ellas de una forma drástica. Son sustancias que llevo tomando años, así que están muy integradas en mi química. Lo que ha ocurrido, pues, ya estaba escrito en las estrellas.

Cuarenta y ocho horas después de la reducción de dosis ha llegado el mono. Me he levantado esta mañana a las nueve y he tenido que atarme al lavabo para no incrustarme en el techo al empezar a cagar a toda presión. Junto con la mastodóntica diarrea han venido los espasmos, las taquicardias y lo que más odio: un sudor helado que te baja a goterones por las axilas. Los pies también se quedan gélidos y la cara palidece. Las ideas funestas se disparan y lo que más te apetece es que venga alguien con un hacha y te corte la puta cabeza para que termine todo.

He llamado al psicólogo y me he cagado en su puta madre por el monazo que me ha recetado. Por supuesto, le he llamado sentado en el lavabo todavía. Eran las once y aún no se había cortado el surtidor de mierda. Lo más brillante que se le ha ocurrido es decirme que me tomara unos ansiolíticos para compensar eso y amortiguarlo. Ese tío es un genio.

Después de tres pastillas de lorazepam y unas excusas baratas al teléfono para decir que no iba a trabajar, me he metido en la cama con mi mono, al que he bautizado con el nombre de Sparky. Me he quedado dormido hasta las cuatro. Luego, temblando como los yonquis que buscan Tranxilium, me he preparado un arroz hervido. Es lo más complicado que he podido hacer hoy.

Sigo tirado en el sofá, me he tomado otras dos pirulas de lorazepam. Siento las piernas flojas. El loquero ha dicho que duraría unos tres días y que siguiera metiéndole a los ansiolíticos cuando Sparky se pusiera muy pesado. Afortunadamente, la diarrea me ha dado una tregua y es viernes. Tengo dos días para parecer una persona normal. Lo jodido es el frío que está haciendo; la cama siempre está helada. 

Cabrón, me está quitando mis pastillas, nada será lo mismo. Ahora vuelvo a tener miedo y es algo que detesto con todo mi ser.

jueves 2 de febrero de 2012

A CUALQUIER LUGAR


He estado mirando la nieve por la ventana y cubriendo de vaho el cristal que me quedaba más próximo a la boca y la nariz al respirar. Los copos muriéndose al tocar el suelo encharcado, el termómetro agarrándose al único grado positivo. Las teorías más racionales dicen que son días para quedarse en casa follando. Sin duda, el que pueda lo hará. No es mi caso. Como mucho, puedo pasar un rato mirando fotos eróticas.

He salido para la oficina del cliente con el que más trabajo. Llevo muchos meses en una situación precaria, en una vía muerta con este cliente. La empresa no tiene trabajo y mis ingresos han ido descendiendo hasta lo inmoral. Superar las semanas de cuatro en cuatro se ha convertido en una cuestión de suerte. Cuando ha dejado de nevar, he mirado el escritorio del ordenador con la boca abierta y la mirada perdida en algún lugar de la Vía Láctea. He permanecido en este punto de suspensión cerebral hasta las dos. Creo que he comido un pedazo de salmón con col hervida.

He ojeado el twitter, todas esas cuentas de actrices porno que sigo. Es lo más cercano que puedo acceder al calor humano. La sensación en la entrepierna es parecida a una erección, pero no llega a serlo. Hace semanas que no me siento excitado. Creo que tiene que ver con la falta de direccionalidad que experimento. No tengo contacto ahora mismo con una sola mujer que me parezca interesante. Y con la que quisiera tenerlo, no me contesta ni a los mensajes. Amigo mío, si no tienes ni eso, no vales para nada. No sueñas, tragas sin apetito, sales a correr cada tarde, te escondes solo en el cine los domingos. Te da igual dormir o estar despierto.

No se puede llamar a eso una depresión, principalmente por dos motivos. El primero es que ya estoy bajo medicación para prevenir cualquier síntoma. Esto debe ser lo más importante. Pero también hay que anotar que no es un estado de tristeza. Es, simplemente, ausencia de objetivos; estados afectivos en números rojos. Es como perder tu toque personal o no conseguir enfocar.

Esta tarde tampoco tengo trabajo y por los rumores que circulaban en la oficina es muy posible que me digan que prescinden de mí. Es la forma que adopta un despido cuando se trata de un autónomo, o un freelance, como lo quieras llamar. Lo huelo desde hace semanas. Reuniones de los jefes, habladurías por aquí y por allá. Más de uno vamos a perder nuestra fuente de ingresos primordial. No estoy nervioso por ello, tan sólo siento una pereza enorme por volver a empezar. Otro lugar, otras caras.

Sin trabajo y sin nadie con quien follar, al hombre le queda ponerse a escribir. De modo que si lees esto, estás presenciando mi debut como actor porno, gemidos y susurros a la luz de un fluorescente. 

Se me congelan los dedos de no tocarte. La canción dice I’m evil, I’m evil, I’m evil...


lunes 30 de enero de 2012

EL ACOSADOR DEL WHATSAPP


La historia es bastante simple. Chico conoce a chica, se escriben, se llaman, se ven un par de veces... Todo promete hasta que la chica se va a Estados Unidos. Aquí es donde me pierdo: la chica le dice en su última conversación por correo que no quiere verle para despedirse. Después borra su cuenta de correo electrónico y corta todo el contacto. Desaparece por más de un año. El chico la busca por internet infructuosamente, le manda un sms al teléfono que tiene de ella... Nada

Pero un buen día se da cuenta de que el teléfono de la chica tiene whatsapp. Y obviamente le escribe un mensaje. Le dice lo siguiente:

“No sé  por dónde empezar esto... No sé siquiera si aún conservas mi teléfono, si estás aquí o estás en los jodidos USA. No has vuelto a entrar en la habitación. Me retiraste la palabra y aún no he encontrado el motivo. Echo de menos tu forma de ver el mundo. Echo de menos muchas cosas. Sólo te pido una señal, un correo, un triste whatsapp, lo que sea... Dime porqué rompiste la baraja, al menos para que lo entienda. Yo sigo estando aquí para ti, y no me voy a ningún lado.”

Han pasado bastantes días ¿Respuesta? El silencio. Y sé que ha recibido el mensaje. La aplicación de marras te lo confirma con una señalita doble de OK en verde.

Nunca me había visto a mí mismo en esa figura de acosador, pero es que no alcanzo a entenderla. ¿Acaso sale con alguien? ¿Y qué importa? ¿Por qué no me lo cuenta y le puedo poner un punto y final? La cuestión es que pasado el tiempo no termino de olvidarla. Yo tenía una buena sensación, pero parece que la cagué en un punto indeterminado, o que lo que yo percibía no tenía nada que ver con la realidad de ella.

A lo mejor fui un pañuelo de papel, de usar y tirar, una especie de capricho que se dio. En ese caso, también podría echarme una mano y explicármelo, porque continúa brillando en la oscuridad como un faro que no deja de alejarse. Si tal fuera el caso, me habría roto bastante las pelotas, porque nunca me lo tomé así ni vi señal alguna de que se me estuviera aplicando la ley de la fecha de caducidad.

Estoy muy confuso. Es igual que el tema de los zapatos del post anterior. No entiendo a las mujeres. Creo que no lo haré nunca a este paso. Trato de recordar cada conversación, repaso cada mail que tengo guardado, busco una pista; porque también se me ocurre que es posible que le haya hecho daño en algún momento. Si fuera así ¿no podría decírmelo para que me disculpara de rodillas y me arrastrara hasta desollarme la piel?

¿Qué postura hay que asumir? ¿Olvidarme y punto? No lo sé. La otra opción es la de perseverar como acosador del whatsapp. A lo mejor un día se le inflan los ovarios y está tan harta que me contesta un “vete a la mierda y déjame en paz”. Cualquier cosa sería mejor que este envasado al vacío en el que estoy metido.

martes 17 de enero de 2012

ZAPATOS


Por encima de la complejísima compulsión que tienen las chicas por comprar ropa, hay un elemento que se desmarca y constituye per se casi una manía, en el sentido más psiquiátrico del término. Si el lector lo analiza, llegará por deducción simple a saber cuál es. 

Quiero decir, las féminas compran ropa, para comprar más ropa que sustituye a otra ropa comprada recientemente pero que por un motivo desconocido ya no vale en absoluto. Y de todas estas prendas ¿Cuáles ocupan un armario exclusivo y propio? ¿Cuáles parecen multiplicarse con un modelo matemático fractal?

Los zapatos. La respuesta es fácil. Una mujer puede comprar zapatos a razón de dos y tres pares por mes, y no habrá mes que no compre, al menos, un par. Botas altas, botines, deportivas, tacón alto, tacón bajo, manoletinas, bailarinas, sandalias, los llamados salones y los que simplemente denominan zapatos. 

El lector puede consultarlo en internet.  Hay páginas de ventas de zapatos femeninos por doquier. La industria ha sacado partido horadando en lo más profundo del punto G consumista de la mujer. La forma en que lo ha hecho ha sido replicando el mismo modelo pero en colores distintos. Es bien sabida la importancia de los millones de colores que distinguen las chicas, mientras que el hombre sólo es capaz de nombrar unos cinco o seis. 

Este fenómeno de la multiplicación por colores conduce a situaciones que la mente de un chico no puede procesar, esto es, cuando la chica en cuestión compra el mismo par de sandalias repetidas una y otra vez por el hecho de que las han comercializado con un nuevo color que el verano pasado no estaba.

Cuando un varón decide emprender la aventura de vivir con su chica, la primera idea alrededor de la cual se estructurará la distribución del resto de la casa es el armario de los zapatos. Hay que suponerle, además, la facultad de ir creciendo año a año, con lo que el espacio finito tenderá a saturarse. Porque, además de comprar sin interrupciones, una chica no tira jamás un par de zapatos. Las hay que guardan incluso algunos de sus madres o abuelas.

El ritmo con el que la mujer estrena y cambia de calzado es demoníaco; empiezan la mañana con unas botas de piel negras hasta las rodillas y por la tarde, al salir de trabajar, llevan unas manoletinas rojas. ¿Cómo es posible? Pues porque en el bolso de la chica había un par de zapatos de recambio. 

No obstante, la cuestión metafísica de qué hay en un bolso de una mujer merece un capítulo aparte y se nos escapa de este texto.

Así, pues, el motivo de este capítulo no es más que una llamada de socorro, para ver si alguien puede arrojar un poco de luz al misterio de las relaciones entre las mujeres y sus zapatos. Porque el abajo firmante no es capaz de entender tal apego, amor, pasión y adicción lujuriosa a unas prendas que simplemente están destinadas a protegernos los pies de lesiones y de las inclemencias del tiempo.

Es necesario ya un marco teórico que explique esta fiebre y que el tema sea aceptado socialmente como un problema. Para que se formen terapias, fármacos y grupos de ayudas para esas chicas que ven mes a mes como un tercio de sus ingresos se evapora de la misma manera que le ocurre a la ludópata. Sería todo un avance en la sociología y tal vez escribiría el primer capítulo de un campo de investigación oscuro y esotérico llamado “comprender a las mujeres”.

Porque yo, últimamente, no las entiendo para nada.